Porro y Folclor No. 29

Editorial

Adiós Alberto, el hombre danza

Alberto Londoño, otro guerrero de la cultura popular, se nos fue en noviembre a danzar en los confines celestiales de los fandangos y candombes eternos. Un luchador, contemporáneo de Jesús Mejía Ossa y de Oscar Vahos Jiménez, seres superiores, que estos momentos deben estar sentados en el Olimpo intercambiando su sabiduría ancestral, pues en la tierra dejaron solo una mínima parte de su legado.
Alberto se definía como “un trabajador de la cultura, un creador de cosas, de instituciones, de organizaciones, porque he sido creador de obras que perduran: los libros, la propuesta de danza por pareja, los festivales, la EPA, los grupos, entonces he sido realmente, más que todo eso, un maestro creador”. Y de verdad que fue todo eso y mucho más.
Hijo de las laderas de Medellín, nació el 17 de mayo de 1937 “en el barrio La Toma (al oriente de Medellín), en una humilde familia donde su madre, Rosalba Londoño, tuvo que asumir la responsabilidad de levantarlo por la muerte temprana del padre. Desde muy pequeño Alberto comenzó a trabajar en la venta de periódicos y almuerzos que su madre cocinaba para los trabajadores de Coltejer y Tejicóndor y dejó de lado sus estudios primarios y secundarios. Las difíciles condiciones de vida hicieron de él un hombre fuerte pero sencillo, trabajador y dedicado a colaborar para levantar a sus otros tres hermanos medios (Carlos, Antonio y Hugo)”, según le contó en una ocasión al director de Porro y Folclor, Alonso Franco Londoño.
De su paso por Tejicóndor, una de las empresas de textiles que contribuyó al desarrollo económico y cultural de Medellín, antes de que la avaricia, el egoísmo y la falta de sindéresis se apropiaran de los empresarios antioqueños, Alberto cuenta que la directora del grupo era Luz Echeverri; el director de la música era nadie menos que Carlos Vieco y el director artístico, Agustín Jaramillo Londoño.
“Tejicóndor tenía una orquesta que se llamaban Los Líricos, músicos que después estuvieron en la banda de la Universidad de Antioquia, músicos de primera clase. A los 15 días ya viajando a Manizales en avión. Allí llegamos a las fiestas de la Universidad de Caldas; luego nos llevaron en un desfile hasta Manizales y nos pasearon por todas las calles promoviendo la función de la noche en el teatro Lincha, que era el mejor de Manizales y efectivamente en la noche fue el debut; el teatro estaba totalmente lleno. En ese tiempo era como a $15 la entrada y eso era un montón de plata; todo para recoger fondos para la Universidad y luego solo se escuchaban aplausos, el público se puso de pie. En ese espectáculo eran cuatro danzas o bailes, el sanjuanero, la cumbia, un bambuco”, explicó Alberto.
Esos recuerdos se fueron con Alberto. Se llevó su danza; se fue en medio del silencio de los medios, donde solo mereció una insignificante reseña. Se fue solo, pues la pandemia para un acontecimiento tan doloroso como es la partida de los amigos, impone condiciones, así como siempre le impuso condiciones a Alberto para realizar sus sueños. Adiós Alberto. Solo te has adelantado a ese viaje ineluctable que todos debemos emprender. Te fuiste en medio una de las tragedias más grandes de la humanidad y eso te dio el salvoconducto de una marcha serena, tranquila y angelical como te la merecías.